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viernes, 10 de febrero de 2012

EL PISO

El piso era coqueto, luminoso, con personalidad, me sentía feliz con la decisión de adquirirlo. Otro trabajo, otra ciudad, otra etapa… La agencia me facilitó las llaves por cortesía de la dueña que, al retrasar nuestra cita hasta el día siguiente, no consintió que por su culpa yo tuviese que buscar hotel.

Desde la cocina escuché un ruido en el salón. A poco muero del susto al darme de bruces con un hombre en mitad del pasillo.

- Perdón por asustarla, estaba en la terraza y no la oí entrar. Me llamo Marcos González – dijo tendiéndome la mano.

Recuperada del sobresalto, lo saludé. Era alto, rubio, atractivo, sonrisa fascinante y profundos ojos azules. Me explicó que era hermano de la dueña, al parecer ésta no le había avisado que sería mañana y no hoy cuando llegara a la ciudad para formalizar conmigo la venta.

- Es muy despistada… Yo soy piloto, tengo una escala y esperaba haberla podido ver. En fin, tendré que procurarme alojamiento para esta noche.

Se negó rotundamente a que fuese yo la que buscase pensión. Finalmente decidimos quedarnos los dos, uno en la alcoba y otro en el sofá.

De madrugada nos encontramos camino del baño, fue como si me hipnotizara con sus ojos y su sonrisa. Nos besamos, nos acariciamos y nos dejamos llevar por una arrolladora pasión.

Se marchó temprano, asegurando que volvería después para ver a su hermana. No lo hizo. Su hermana llegó pero él no. Cuando le expliqué lo ocurrido, sin mencionar lo personal, la mujer me miró con perplejidad, casi con terror.

- Marcos murió el año pasado, un accidente de avión. Este era su piso.

Me mostró una fotografía, la última que tenía de él. Allí estaba, tan rubio, tan guapo, tan sonriente como hacía un par de horas.

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miércoles, 16 de marzo de 2011

DULCE CANELA




Todos los días iba Canela ha hacer su recorrido por las calles del pueblo, andaba alegre y a paso ligero meneando el rabo, con la cabeza alta y las orejas erguidas en una pose de dignidad canina que hacia gracia. La llamaban Canela por su pelo tostado, que solo tenía una alteración pálida casi blanca y en forma de gota entre los ojos.
Canela era una perrita callejera, sin hogar, no porque nadie se hubiera brindado a dárselo, que muchos de los vecinos intentaron recogerla en casa, pero el animal languidecía al verse privado de su libre albedrío y dejaba de comer, de dar saltitos, de menear el rabo y de emitir ese ladrido alegre, casi melodioso con el que anunciaba su llegada nada mas doblar la esquina de cada calle.
La habían construido una caseta en el descampado , para que soportase los rigores del invierno y evitase el calor excesivo de la canícula veraniega, porque a Canela la quería todo el mundo, bueno casi todo el mundo. Doña Juana, la vieja huraña de la casa de la palmera, que todos llamaban así a la casa por la enorme palmera que se soportaba de manera extravagante en mitad del viejo y destartalado huerto, no la quería.
Si bien los vecinos dejaban a su puerta las mejores tajadillas del pollo sobrante en el almuerzo o los sabrosos huesos de un buen asado para que Canela se diese su festín, doña Juana la recibía con un cubo de agua lanzado desde la ventana en cuanto la veía tumbada a la sombra de la palmera junto a la casa. Canela huía de su maldad con el chaparrón escurriéndola por las patas, pero al día siguiente volvía hasta el inhóspito lugar a recibir igual o parecido menosprecio, aquella insistencia en agradar a doña Juana a todos les parecía cosa extraña, que el animal no necesitaba de la vieja huraña para subsistir, pues ya se encargaban todos de que a Canela no la faltase su cacharro de agua limpia y sus buenas viandas que llevarse al hocico.
Doña Luisa la paciente vecina de Doña Juana que llevaba varias décadas soportando las manías y las quejas de la desagradable anciana la había reprendido varias veces.
-¿Que tanto la molesta el animal?. Si la pobrecita solo quiere tumbarse un rato al fresco. Para estar usted tan sola , es poco hospitalaria con el único ser que parece soportarla a usted.
-Me estropea los geranios y me troncha las tomateras- explicaba esta justificando su mal hacer con una mentira pues jamas Canelita dañó ninguna planta de la vieja.
.No se la ocurra hacerle daño alguno, si no quiere que entre, cierre usted la verjilla del patio pero deje al pobre animalito en paz.
Doña Juana cerraba la puertecilla desvencijada de madera que daba absceso al tétrico patio lleno de malas hierbas y mosquitos, pero Canela con una tozudez que nadie entendía se colaba cada tarde por el hueco donde faltaba un tablón y allí iba como un martir en busca de castigo.
Canela no tenía la pinta que otorga una raza definida, era de mediana alzada, de ojos redondos y oscuros, con el pelo liso y brillante que resplandecía al sol a pesar de no recibir mucho mas aseo que los golpes de agua que la malencarada señora la ofrecía como recibimiento desde la ventana. Canela tenia las orejas caídas a ambos lados de la cabeza y el rabo corto y tieso siempre danzarín en su constante alegría. Curiosamente ningún perro la había preñado cosa que también extrañaba a todos pues era confiada y tierna y se llevaba bien con cualquier semejante que nunca nadie la vio metida en peleas ni en gruñidos desafiantes con ningún otro perro, hasta el caniche de Don Sebastián se llevaba con ella a las mil maravillas a pesar de ser un cansino ladrarín y un chulillo de cuatro patas que siempre estaba dando gresca. Romero, el imponente mastín español de la casa de la calle corta también hacía buenas migas con Canela.
Una de esas tardes de verano en las que no se ve un alma por las calles, en las que solo los mosquitos gozan del aire, Canela entró por la doblada del descampado dispuesta como siempre a darse su buena comida, primero curioseaba a ver que la habían dejado de menú en cada puerta y luego elegía a su gusto primer plato, segundo y postre, Se llenó el estómago con las magras sobras de carne guisada de la casa de la doña Segis, la kiosquera del pueblo que vendía la prensa en mitad de la plaza, después refrescó el gaznate con el agua fresquita que don Julian la dejó bajo la parra y de postre se zampó tres palitos de pienso en barra que don Esteban el profesor dejó a su alcance, don Esteban era soltero y comía siempre en el mesón para no guisarse así que como no hacía apenas sobras la compraba unos suculentos premios en el supermercado especiales para perros.
Bajó calle abajo la dulce Canela con sus pasitos saltarines olisqueando el aire y distraida por el vuelo de una mariposa de alas blancas que parecía jugar con ella posándose aquí y allá haciéndola corretear de un lado a otro como en un juego infantil de "A ver si me cojes", pero fue llegar a la altura de la casa de doña Juana, la última edificación de la calle en su hilera izquierda y Canela perdió todo interés por su compañera de juegos absorta en la valla desvencijada, en atravesarla por el hueco sin dañarse con las astillas y en buscar sombra bajo la palmera desmesurada y añeja.
Hasta allí llegó sin perder de vista y oído cualquier cosa a su alrededor pues esperaba las voces de costumbre, el baño improvisado o a saber que mala maña de la gruñona mujer que tanto odio la dispensaba.
Al principio no escuchó nada, no parecía haber nadie en la casa y eso que la propietaria no se movía de sus viejos muros ni para hacer la compra que se la traían los tenderos a cambio de una roñosa propina, que mas se la aceptaban por educación que por otra cosa.
Canela lanzó un ladrido poco usual en ella, le siguió otro y otro mas, parecía querer hacer notar su presencia a toda costa, en pocos minutos se oyó un quejido agudo, una petición de auxilio, un grito de dolor, todos aquellos sonidos provenían del interior de la casa. Canela se paró junto a la puerta, enderezó con rigor sus orejas caídas y ladeó el pescuezo en un esfuerzo por empapar sus tímpanos de los ruidos que llegaban del otro lado.
Así permaneció unos momentos, intentando interpretar lo que escuchaba, con aptitud de alerta constante, con todos sus sentidos perrunos sobre aviso.
No tardó la perrita en atravesar por segunda vez el astillado portón que con la rapidez de su movimiento la valió un buen rasguño sobre el lomo y un aullido de lamento. Se lanzó a la calle desierta en aquella hora de siesta estival, corrió sobre sus patas hasta la casa de al lado y plantada en la puerta ladró de modo continuo solicitando atención, pero nadie parecía recibir el mensaje, desesperada corrió hasta la siguiente puerta, hasta la otra y nada, o bien no estaban en casa o no parecían apercibirse de aquel desasosiego que la pobre perrita evidenciaba una y otra vez.
Fue don Esteban, el profesor el que se asomó por la ventana y pudo ver como Canela gruñía desaforadamente y no dejaba de dar vueltas alrededor de cada puerta, el hombre bajó hasta la calle, el animal se dejó acariciar pacificamente por su mano, pero no tardó Canela en saltar sobre su chaqueta y mordisquear el tejido tirando de él.
¿Que te pasa hoy Canela?, ¿A que viene tanto escándalo?.
Canela subía corriendo la calle de un lado a otro, se paraba ante la puerta de doña Juana y volvía hasta el instándole a que la siguiese.
El profesor captó aquella especie de mensaje después de varias idas y venidas idénticas en comportamiento de la perra que parecía ansiosa por ser atendida.
Llegaron juntos hasta la puerta de doña Juana, lo que Canela no podía interpretar lo interpretó el profesor enseguida, nada mas escuchar la voz quejumbrosa de doña Juana.
-Auxilio, por favor, que alguien me ayude, me he caído y no puedo moverme, ay que dolor, por favor que alguien me ayude.
Don Esteban intentaba tranquilizarla al tiempo que telefoneaba desde su móvil a los servicios de asistencia oportunos, los vecinos de la calle no tardaron en acompañarle en cuanto escucharon la llegada de la ambulancia, de los bomberos y de la policía.
Un grupo de gente se arremolinaba alrededor de la puerta de doña Juana que finalmente pudo ser atendida por los servicios de urgencia después de que los bomberos lograsen acceder al domicilio por una de las ventanas.
Doña Juana se había caído y al parecer se había roto la cadera, la tumbaron en una camilla en mitad de numerosos gritos de dolor y acto seguido la introdujeron en la ambulancia.Don Esteban se prestó gustoso a acompañarla al hospital y a intentar sofocar su angustia y su miedo.
La ambulancia cerró su puerta trasera con ellos dentro y enfiló calle abajo camino de su destino .En el interior doña Juana preguntaba a su vecino, algo mas tranquila pues el fuerte calmante que la acababan de administrar corría ya por su interior poniendo algo de paz a su sufrimiento.
-Gracias don Esteban, ¿Como se ha enterado usted?. Dios le bendiga
-No, a mi no, de gracias a la perrilla, a Canela que no ha parado de buscar ayuda hasta que ha conseguido que yo entendiese y la siguiera hasta la puerta.
Doña Juana esbozó un gesto de angustia, de pesar, de mala conciencia.
-Baje usted de este coche ahora mismo, por dios, corra hasta mi casa y retire la comida con matarratas que está junto a las macetas de geranios, pobre animalito, le debo la vida.
Don Esteban a punto estuvo de hacerla caso, de olvidarse de aquella vieja cruel y despiadada. rezó en silencio por que la dulce Canela hubiese huido del lugar con aquel tremendo alboroto y continuó velando por la salud de aquella anciana que se había ganado su soledad a pulso.
Canela volvió a la casa cuando los curiosos se habían dispersado, montaría guardia para que nada ni nadie perturbase la vivienda, levantó el hocico he hizo lucir sus afilados colmillos como comprobando que los tenía ahí bien dispuestos para auyentar a quien osase acercarse mas de la cuenta a aquellos dominios.
Como no había de que preocuparse y los alrededores parecían volver a su normalidad, Canela se dio una ronda por el huerto y por los alrededores de la casa, al pasar por delante de los geranios percibió un penetrante olor, se acercó y olisqueó unas tajadas de pollo que no olian en nada a las que habitualmente la dejaban sus amigas de otras casas. No, no iba a comer, aún tenía la panza bien provista con el suculento almuerzo que se había despachado, pero... Por otro lado, como despreciar el agradecimiento de doña Juana que por primera vez se decidía a tener una atención con ella. Se dirigió de nuevo a pie de geranio, olisqueó de nuevo y tranquila, paciente, incluso dulcemente mordisqueó las porciones de pollo aunque no la gustaba demasiado el sabor. Acabada la degustación, se tumbó bajo la palmera satisfecha por haberse ganado otra amiga.

jueves, 10 de marzo de 2011

EL FARMACEUTICO LOCO



Hector levantó como cada mañana el cierre de la farmacia, no iba a ser su mejor día eso podía vaticinarlo porque había empezado la mañana con mal pie. Desde niño no soportaba que las cosas no se hiciesen siguiendo su lógica y había discutido con su madre sobre cambiar de compañía telefónica en el desayuno, la anciana no estaba por la labor de que la andasen con innovaciones a estas alturas y el no consiguió hacerla razonar sobre lo ventajoso del asunto.
Ahora se arrepentía de haberse traído consigo el inalámbrico en un arrebato de rabia, la buena mujer estaría buscándolo por toda la casa sin sospechar que lo llevaba su hijo en el bolsillo del abrigo y que hasta el medio día que no regresara a comer la había dejado incomunicada adrede.
Decidió no darle mas vueltas al asunto y no permitir a su atisbo de conciencia ni un pequeño remordimiento. Su madre chocheaba y no le parecía excesivo darla una pequeña lección a pesar de que la esclerosis la tuviera postrada en una silla de ruedas y en su situación un teléfono a mano era indispensable.
Hector llevaba cinco de sus cuarenta y cinco años trabajando en la farmacia, conocía a todo el barrio y se sentía apreciado por la mayoría de los clientes aunque a veces actuaran neciamente y no se dejasen guiar por sus consejos y su buen hacer. Su jefa le había reprendido en numerosas ocasiones por ese afán notorio de imponer su punto de vista, le decía a menudo.
-No digo que no lleves razón Hector pero tu debes de limitarte a una vez informado el cliente que te pide opinión dejarle elegir.
Le costaba trabajo aplicarse la recomendación, el solo miraba ser un buen profesional, cuidar al máximo la satisfacción del cliente, aportarle sus conocimientos que iban mucho mas allá de su carrera de farmacia. Hector era una mente brillante, aprobó siempre cada asignatura con las mejores notas y estudiaba por su cuenta quitándole a la noche horas de descanso. Si se hubiese presentado por libre a los exámenes en la facultad de medicina habría sacado el título sin dificultad y sin asistir asiduamente a clase.
Pero no aspiraba a ser médico, a el le gustaba su trabajo, y le gustaba adquirir conocimientos por su cuenta sin verse sometido a horarios ni controles ni nada por el estilo. Hector era un muchacho apuesto, había tenido varias novias pero ninguna de sus relaciones sentimentales cuajó, las mujeres de su vida no tenían la inteligencia, la paciencia y el sentido común necesario para hacer de aquellos noviazgos algo mas, no le querían lo suficiente, así lo entendía el que no daba crédito a que todas y cada una de ellas le hubiesen dejado alegando que era un tío muy raro o que estaba loco. ¡Loco el!, ¡Que palabra tan mal utilizada!.
Se hallaba colocando el pedido de medicamentos recién llegado del laboratorio cuando un ruido en la trastienda le sobresaltó haciendo que se cayeran de sus manos varias cajas de comprimidos, de haber sido frascos de jarabe se hubiera roto mas de uno.
Se asomó por la puerta interior hasta el portal de la finca que era de donde provenía el estrépito. Encontró a dos obreros que parecían cargar con una reja.
-¿Podrían ustedes ser un poco mas cuidadosos?, Por poco me matan del susto.
-Perdone caballero, se nos ha caído el forjado contra el suelo- dijo el que cargaba con una caja de herramientas y un soplete.
-¿Que van a hacer con eso?- Preguntó señalando la pieza de hierro de considerables dimensiones.
-La vamos a colocar sobre esa ventana, ya sabe cuestión de seguridad, parece ser que la señora , tiene miedo de que la entren ladrones, es lo que tienen los pisos bajos.
Hector se despidió de ellos y volvió a su tarea, ya casi tenia todo colocado cuando escuchó el pitido del teléfono. Su jefa le informaba de que se demoraría un rato con unos asuntos que tenía que atender en el gestor. Apenas acababa de colgar el auricular, el aparato sonó de nuevo, lo cogió con fastidio, mas, al comprobar que era Marisa su vecina que le ponía al tanto de que había visitado a su madre para llevarla un bizcocho y que la había notado angustiada por no encontrar el teléfono. La explicó haciendo uso de su capacidad de mentir que por error se había traído el terminal consigo y la pidió educadamente que estuviera por favor pendiente de su madre hasta que el regresase a comer. Cuando al fin consiguió deshacerse de la entrometida de Marisa y mientras su mal humor del día iba en aumento alguien llamó a la puerta del establecimiento, al acercarse al mostrador pudo distinguir la silueta de doña Virtudes, una viejecita del portal de al lado con numerosos achaques que semana si, semana también venía cargada de innumerables recetas.
La sonrió desde el interior mientras pulsaba el botón que abría automáticamente la puerta.
-¿Que tal doña Virtudes?. ¿Como estamos hoy?, preguntó haciendo gala de su amabilidad natural e intentando que su comezón interior no se hiciera evidente.
-Pues ya ves hijo, hoy mejor que ayer pero peor que mañana. anda, dame todos estos potingues que me ha mandado mi matasanos.
Hector recogió las recetas con una sonrisa y fue leyendo una a una , eran los medicamentos habituales de doña Virtudes, para la tensión, para el colesterol, para las arritmias, para la gastritis, un calmante, un antinflamatorio... La última receta indicaba la prescripción de un producto para las quemaduras, una pomada antibiótica.
Solo entonces reparó Hector en que Doña Virtudes llevaba una mano vendada.
-¿Que la ha ocurrido? -dijo abandonado el mostrador y saliendo a su encuentro al otro lado del mismo invitándola a sentarse en la silla que estaba junto al medidor de tensión arterial.
-El otro día, haciendo unas rodajas de merluza a la romana, se me soltó la tajada del tenedor al darla la vuelta y me saltó el aceite, parece que está infectado, me lo ha curado y me ha dicho que me dé eso dos veces al día y que me lo tape.
Hector meditó un momento releyendo la receta y negando suavemente con la cabeza en desacuerdo con la recomendación del médico.
-No, le voy a dar yo algo mucho mejor que ha salido nuevo, no lo cubre el seguro pero es mano de santo, se lo da usted una vez y la desinfecta y cicatriza al tiempo.
Doña Virtudes que ya conocía aquella manía del joven por enmendar la plana a los médicos resopló con un gesto rutinario.
-No Hector hijo, te lo agradezco pero tu dame lo que pone ahí, si no me va bien ya veremos pero sera mejor que haga caso al matasanos, que luego me pega la bronca por automedicarme.
Aquella negativa a sus razonamientos no le gusto lo mas mínimo.
- No sea cabezota doña Virtudes, la garantizo que es mucho mejor lo que yo la digo, los médicos es que ni se molestan en recetar nuevos productos, parece que llevasen comisión con los laboratorios.
Ya se encaminaba a la galería en busca del producto elegido por el arbitrariamente cuando escuchó la voz un tanto enfadada de la vieja.
-Que no leñe, que no quiero lo que tu dices por bueno que sea, dame lo que dice el médico y no te pongas pesado, si querías ser doctor haber estudiado para ello.Eres muy majo pero tienes una manía con estas cosas...
Aquella recriminación le llenó de ira, el sabía el doble que los medicuchos de ambulatorio, para ello dedicaba todo su tiempo libre en estudiar, leer, investigar... Notó como la rabia le cogía por entero, se sintió dolido por el poco valor que sus clientes daban a sus apreciaciones, el que solo quería lo mejor para todos, siempre, absolutamente siempre sin mas interés que el de mejorar las cosas.El martilleo de los obreros se hizo notar con un nuevo estrépito, los odió, no le dejaba pensar en como convencerla aquel maldito ruido. Estaba harto de ellos, de su jefa, de su madre, de sus ingratas novias y de doña Virtudes.
-Ahora se lo traigo. voy por ello, perdóneme doña Virtudes si la he molestado, aguarde un momento que voy por ello.
Se asomó de nuevo al portal accediendo por la puerta de la trastienda, iba a reñir por segunda vez a los malditos obreros pero no los encontró en la tarea, se habrían ausentado al bar o a por alguna herramienta. Iba a meterse dentro cuando algo le llamó la atención, el soplete con su pequeña bombona azul estaba en el suelo junto a su pie. Lo cogió sin dudar y mientras entraba de nuevo en la farmacia, abrió la espita y liberó una llama mitad azul mitad naranja, caminó despacio con cuidado de no dañarse ni dañar nada.
Encontró a doña Virtudes de pie, de espaldas a el, cotilleando unos productos del estante de dietética, sin pensarlo, sin dudarlo se agacho ligeramente y aplicó el chorro de fuego sobre la pantorrilla de la mujer que emitió un grito de dolor mientras se giraba hasta encararle.
-¿Que haces?, Dios mio que dolor, estas loco, estas loco, socorro, socorro que alguien me auxilie- gritaba la mujer desesperada, tambaleándose hasta caer tendida en el suelo.
Hector no se alteró lo mas mínimo, cerró la espita cuando pudo comprobar que la quemadura de la pierna era tan grande y profunda como necesitaba, se arrodilló junto a doña Virtudes y con voz suave y dulce la dijo.
-Doña Virtudes, va a ver usted que no lo digo por decir- exponía al tiempo que sacaba del bolsillo de su bata blanca un tubo de pomada que previamente había tomado de la estantería.
La mujer gritaba como una posesa, lloraba desconsolada y aterrorizada. Los obreros de regreso a su faena habían escuchado los gritos y mientras uno aporreaba la puerta trasera el otro se hacía notar sin éxito llamando por la puerta principal mientras tecleaba el número de la policía en su teléfono móvil.
-No haga caso Doña Virtudes, no se asuste, yo la cuido de estos salvajes ruidosos, ahora quietecita que la pongo este ungüento maravilloso y en un momentin va a ver usted quien tenía razón su médico o yo.
.Pero por dios Doña Virtudes, ¿Quien va cuidar de usted y de su salud mejor que el bueno de Hector, su farmacéutico de toda confianza? ¡Ay, que loco está el mundo Doña Virtudes!, menos mal que aún quedamos personas con juicio y sentido común. Personas en quien confiar.